Narrativa y ficción
Sandy y el Show del Silencio: un archivo bastardo hecho de cuerpos y palabras
“Los ovnis todavía no me abducen de aquí”, escrita y dirigida por China Andrea Villagrán. Compañía Poética de Goya.
Hay obras que no se limitan a contar una historia. Hay obras que desentierran. Que raspan la superficie de lo que se recuerda para dejar a la vista lo que nunca se dijo. “Los ovnis todavía no me abducen de aquí”, escrita y dirigida por China Andrea Villagrán, es una de ellas. Una pieza que toma el caso del cabo Valdés, lo zarandea, lo parodia, lo convierte en fábula disidente y lo lanza directo al cuerpo del espectador con un dolor que no por absurdo es menos real.
Y en el centro de esta fábula está Sandy.
Mujer sin épica, sin archivo, sin justicia.
Sandy no es la esposa silenciosa del expediente. Es la que recuerda, la que aguanta, la que rompe la cuarta pared para escupirnos lo que calló durante años. Su cuerpo rodeado de espectros —el esposo abducido, el ex conscripto que sobrevivió, el conductor radial que predica fantasías— sostiene la dramaturgia y la memoria. Sandy no narra desde el victimismo, sino desde el hartazgo, desde la desesperación íntima y política de haber sido usada, olvidada, y aún así permanecer.
Ella es cocina, cama, voz.
Sandy encarna esa versión del país que aprendió a sostenerse sin respuestas: a callar, a cuidar, a fingir que nada duele, mientras todo se cae por dentro.
Pero también es la grieta. La que duda. La que imagina.
¿Puede una mujer silenciada soñar con ser reina del vodevil?
¿Y si su escape es sólo una canción de frecuencia AM?
¿Y si la libertad está en fantasear mientras el cuerpo de su esposo se descompone en el living?
Ese esposo es el Cabo Valdés, ya no mito ni leyenda, sino cuerpo postrado frente a un televisor que lo mantiene con vida. Un artefacto agónico.
Mató por odio, por orden, por ideología. Mató al amante del conscripto. Por maricón.
Pero no desaparece.
Valdés es el hueco negro del relato. El símbolo inmóvil del país que no se atreve a pedir perdón.
Su cuerpo —presente y a la vez inútil— condiciona las decisiones de los demás personajes.
Es lo que impide que Sandy pueda irse. Lo que dejó roto al conscripto. Lo que Román explota para vender su nueva pomada. Un nuevo palo al gato.
Román, el conductor de radio.
No es disidencia, ni transgresión. Es el mesías de la desesperación popular. Un charlatán de voz pegajosa que convence a su audiencia de que puede cambiar sus vidas a través de una pulsera con 11 poderes. Román es ese ídolo mediático creado para consolar a la clase trabajadora con fantasías de suerte y éxito. No es político, pero defiende el orden. No es militar, pero colabora con el silencio.
Es espectáculo para distraer.
Es el Show del Silencio.
Y en medio de todo, el conscripto homosexual.
Una figura profundamente incómoda. No quiso matar, pero obedeció. Entró al ejército para cumplir, para encajar, para sobrevivir. Y fue expulsado por lo que era: un deseo indebido, un gesto mal interpretado, una mirada que no podía controlarse.
Llevó el uniforme. Sí. Aquel. El militar.
El cuerpo de ese conscripto no es solo víctima, ni solo traidor. Es el dilema de quienes viven en el margen y eligen vivir para sobrevivir.
Uno de los mayores aciertos de la obra está en sus elecciones escénicas: diversos cuerpos representando identidades que no les fueron asignadas, rompiendo toda lógica de lo correcto o lo verosímil.
Aquí no importa el realismo. Importa lo que esos cuerpos logran transmitir cuando encarnan un dolor ajeno y lo hacen propio.
Cuando una voz se apropia de otra memoria. Cuando la representación se vuelve gesto político y poético, no sólo técnica actoral.
Desde Colectivo Mar y Cueca creemos que esta obra no busca respuestas ni consuelos. Lo que hace “Los ovnis todavía no me abducen de aquí” es pulsar. Un rito torcido y poético que fractura el relato oficial para invocar memorias que no entran en los libros ni en los noticiarios.
No es catarsis. No es espectáculo.
Es un archivo bastardo hecho de cuerpos y palabras.
Y en ese espacio escénico convertido en desierto, los cuerpos que una vez fueron carne de cañón, de servicio, de burla o de obediencia, se apoderan del lenguaje, deforman la historia y la hacen suya, sin pedir legitimidad a nadie.
“El Show del Silencio” puede que aún esté al aire. Pero ahora lo interrumpimos nosotres. Desde el teatro, desde la memoria, desde la disidencia.
Porque nunca fueron los ovnis. Fue la patria. Fue el miedo. Fue esa televisión encendida que aún repite su mentira.