Narrativa y ficción
Cuerpo, voz y fuego: lo que «Hombre con H» no deja olvidar
No hay libertad sin cuerpo. No hay arte sin riesgo. Y no hay memoria sin herida.
Hombre con H, la película que retrata la vida de Ney Matogrosso, no es un homenaje, ni una biografía complaciente. Es una declaración. Una advertencia. Una ofrenda encendida en medio de un continente que insiste en borrar a quienes disienten con el cuerpo, con el deseo, con la voz.
Ney Matogrosso fue —y sigue siendo— un cuerpo político. Un canto afilado. Una presencia que desafió desde los escenarios a un Brasil gobernado por la dictadura, la censura, y la moral católica más hipócrita. En tiempos donde cantar con el pecho desnudo era provocación, y bailar con plumas era considerado traición a la patria, Ney transformó su existencia en insurrección.
Pero antes del escenario, fue niño. Y como tantxs niñxs queer en América Latina, su infancia estuvo marcada por la violencia, la vergüenza y el castigo. Por la imposición de un género. Por la represión de lo que se siente y se desea. Por la amenaza de corrección. Esa violencia —sorda, diaria, doméstica— es una de las heridas más profundas del continente: infancias fracturadas por atreverse a ser, a mirar, a cantar fuera de la norma.
La película no omite estas marcas. Tampoco romantiza la rebeldía. Muestra el costo. Muestra la soledad. Muestra cómo la libertad es un camino lleno de entierros. Y enterrar no es solo acto físico. Es silencio, es invisibilización, es estigma.
Porque Hombre con H también habla del virus.
Del sida como cruz generacional. Como castigo institucionalizado. Como castigo mediático. Como sistema que dejó morir a miles por portación de deseo. Cada amor que Ney pierde en la película no es una anécdota: es historia de América Latina. Una historia escrita con sangre y desamparo, donde los gobiernos callaron, los laboratorios lucraron, y la prensa ridiculizó. Donde se esperaba que los distintos murieran rápido y en silencio.
Pero él no murió. Y eso fue, también, una provocación.
La dictadura no solo reprimía con armas. Lo hacía con micrófonos, con cámaras, con titulares. Convertía la diferencia en amenaza, y el arte en delito. Ney desafió eso. No solo con su voz, sino con el cuerpo. Un cuerpo que no pedía perdón por ser afeminado. Que no se disculpaba por amar a otros hombres. Que no escondía su maquillaje, ni su dolor, ni su deseo.
En tiempos donde la ultraderecha intenta reponer los mismos discursos de odio, esta película se vuelve urgente. Porque nos recuerda que las disidencias no son moda ni identidad de consumo. Son experiencia, cuerpo, biografía. Son memorias hechas de pérdidas, de cuidados mutuos, de solidaridad ante el abandono institucional.
La actuación de Jesuíta Barbosa no busca imitar. Busca encarnar esa verdad. Y lo logra. Porque lo que brilla en la película no es el espectáculo, sino la resistencia cotidiana. El sobrevivir sin volverse cínico. El seguir cantando cuando todo alrededor se quiebra.
Hombre con H nos dice que el amor es político. Que el deseo también. Que la libertad de amar fuera de la norma no es un lujo, es un derecho que se nos ha negado demasiadas veces. Y que cuando unx ama en público, también carga con la mirada, el juicio, el exilio, la pérdida.
Este film no se explica. Se siente. Se recibe como un archivo encarnado. Como un gesto de amor hacia quienes vinieron antes. Y como un espejo incómodo para quienes todavía no logran empatizar con la diferencia. Para quienes aún preguntan si "eso también es humano".
Sí. Lo es. Reímos, lloramos, sentimos, cantamos, amamos. Y estamos vivxs.
Y mientras vivamos, seguiremos cantando. Aunque duela. Aunque tiemble. Aunque incomode.
Año / País: 2025/Brasil
Título original: Homem com H
Duración: 129 min.
Guion y dirección: Esmir Filho